Butanita y Queroseno
Todo empezó cuando llegó Queroseno, fue un invierno
muy frio, demasiado frio. Yo era feliz en mi hogar, era la reina de la casa, la
que daba calor y todos me querían. Decían de mi que en principio era fría pero
poco a poco me convertía en cálida y confortable y toda la familia quería estar
a mi lado. Al principio de llegar pensaron que era peligrosa. ¿Peligrosa? Tal
vez un poco inquieta pero peligrosa no, ya que a veces estaba a 500 W. y otras
a 1000 W. Pero había que comprender que cada situación requería una potencia de
calor/amor determinada en relación a la temperatura ambiente.
Un día pasó lo que ya se preveía e intuía. En esa casa
la familia aumentó y yo ya no era suficiente, así que decidieron traer a un
compañero un tal Queroseno. Evidentemente no éramos iguales, yo me alimentaba
de gas butano y el de parafina, aunque yo prefería ese aroma a refinado a una
estufa de barras que, aunque su intenso color rojo es atrayente no emite olores
y gasta muchísimo lo cual no resulta muy económico y sería una de las razones
de porqué estábamos en esa casa. Aunque al principio nuestros perfiles no se
adaptaron demasiado bien con el tiempo mi acalorado y gaseoso corazón se
enamoró de su parafinado órgano vital.
Lo pasábamos muy bien y calentábamos mucho pero un día
el filtro de la llama amorosa de Queroseno se averió y tuvieron que reemplazarlo
y a mi se me acabó el gas. A causa de esos inconvenientes estuvimos
desconectados unos días que se nos hicieron eternos. A Queroseno se lo llevaron
al servicio técnico unos días y a mi me cambiaron la botella de gas. Vino el
butanero con su uniforme de color butano (claro) y a él le cambiaron el filtro,
y aunque Queroseno aún tenía parafina en su corazón y yo gas en la bombona la
llama del amor ya no era la misma y todavía los problemas no se habían acabado
por que cuando parecía que íbamos a estar juntos, miserablemente decidieron
separarnos. A mi me pusieron en el comedor en el que siempre tenían Telecinco
con el programa Sálvame, que tortura. Y a el lo dejaron en el cuarto de los
niños, otra tortura, no paraban de molestarlo.
Fueron tiempos difíciles. Nos comunicábamos por el olor que
desprendíamos. Cuando sentía su aroma de queroseno parafinado le soltaba una
fragancia de gas butano que nos excitaba muchísimo.
Un día uno de los niños, jugando saltó de la litera
superior y cayó sobre Queroseno, el sistema de seguridad que se le suponía
falló y esto provocó un pequeño incendio en la habitación con el resultado de
cortinas quemadas, Queroseno en estado grave y un susto de muerte para la
familia. Y claro por culpa de este accidente a Queroseno se lo llevaron para
siempre a la planta de reciclaje donde estuvo mucho tiempo antes de convertirlo
en una cafetera italiana. Yo me puse muy triste y mi corazón bombona incluida y
mi llama languidecieron como las rosas en otoño.
Una mañana de primavera cuando ya apenas me encendían
por la calidez del tiempo y me tenían arrinconada en la galería de la cocina
sentí un aroma nuevo, a Oxazol y Pirazina, al principio ese aroma me era
familiar pero no en la intensidad que ahora se ofrecía y entonces deduje: ¡Es
café! Han comprado una cafetera nueva. Es Queroseno, lo intuyo, ¡es él!
Y así fue como nuestros corazones volvieron a latir y
nuestras llamas volvieron a estar juntas otra vez.
FIN
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